miércoles, 29 de agosto de 2012

La pobreza no tiene por qué ser sucia


 


Seguramente será difícil determinar si los paraguayos arrastramos en nuestra historia cultural el grave defecto de ser insensibles ante la suciedad y el desorden o si estos males son consecuencia de la industrialización y del consumismo que producen cada vez mayores cantidades de materiales de desecho, combinados con el crecimiento demográfico, que cada cierto tiempo multiplica el tamaño de las extensiones urbanas que deben ser atendidas por servicios de aseo y limpieza.
Pero, aunque estos factores estén presentes y posean gran incidencia en el fenómeno de la acumulación de basura, lo que también es cierto y evidente a cualquier observador es que actualmente la población paraguaya, en su gran mayoría, no se siente incómoda con el desorden, con la mugre y la fetidez.
Prueba fehaciente de esto es que una mayoría convive con estos males diariamente, en su casa, en su barrio, en su plaza, en las calles y caminos por donde transita, en las oficinas donde trabaja y en los lugares de esparcimiento a donde concurre.
Los hechos muestran que los barrios habitados por gente considerada de escasos recursos son los más sucios y abandonados. Pero en los barrios residenciales que están servidos regularmente por el servicio municipal de recolección de basura también se ven minivertederos en veredas, esquinas y baldíos, y hasta desechos cloacales que corren por las calles. Esta indiferencia hacia la inmundicia ya no constituye un mero problema de ineficiencia de servicios públicos, sino que, a nuestro criterio, se trata de un fenómeno de profunda raigambre cultural.
Donde hay basureros, suelen vérselos medio vacíos mientras los desechos se acumulan a su alrededor.
Donde no los hay, la basura, embolsada o no, es arrojada en la calle o a la vera de los caminos. En los alrededores de las ciudades, se utilizan las banquinas como vertederos clandestinos, a la vista y paciencia del vecindario y de las autoridades municipales y del MOPC. Incluso se sabe de propietarios de camionetas, triciclos motorizados y carritos estirados por caballos que se dedican a recoger desechos domiciliarios a cambio de una paga, que luego arrojan a los cursos de agua, baldíos o banquinas.
Estas prácticas, además de ilegales, potencian enormemente la polución ambiental, esparciendo los factores de contaminación por suelos y aguas. Y hasta por el aire, porque cuando la acumulación de desechos es muy notoria, alguien se ocupa de prenderle fuego, que es cuando toda clase de gases nocivos pasan a integrar el aire que la población respira, causando afecciones respiratorias, alergias y otras enfermedades que luego deben ser atendidas con costo para los recursos públicos y privados de salud.
La población en general –salvando las honrosas excepciones que siempre hay– no siente ninguna aprensión frente a la mugre. De ordinario, cada hogar paraguayo forma su propio vertedero en el fondo de su patio, donde se amontonan envases de cartón, de material sintético, de vidrio o metal, junto con adminículos personales usados, restos de comida, poda de plantas, piezas desechadas de madera, cerámica o metal, cubiertas de vehículos y cuanto tipo de mugre puede uno imaginarse.
Las veredas y calles de las ciudades más populosas, en particular las que están en las áreas comerciales céntricas y alrededor de los mercados y ferias, exhiben este terrible mal cultural con una brutalidad imposible de describir. Cualquiera puede comprobarlo, si es que todavía no lo hizo, solamente recorriendo la zona del Mercado 4 asunceno, o de los centros comerciales y mercados de San Lorenzo, Luque y Ciudad del Este, por poner solamente cuatro grandes y elocuentes ejemplos al alcance de la vista.
¿Es que el habitante de esos lugares no siente repugnancia natural por la inmundicia que le rodea y de la que él mismo es su principal causante? ¿Es que el paraguayo medio, el que concurrió a la escuela y hasta el que tiene una posición económica estable, no siente ninguna repugnancia por el desorden y la mugre? No atina a arrojar sus desechos en basureros, ni siquiera cuando están a dos metros de distancia. En la campaña no se le ocurre o no se le da la gana de hacer un pozo en el fondo de su patio para disponer la basura de su rancho. No barre ni rastrilla. Usa el baldío aledaño como vertedero, como si los efectos contaminantes de la acumulación no le vayan a alcanzar igualmente. Esta clase de persona está convencida de que si oculta la basura detrás de la muralla, esta deja de existir.
Cabe preguntarse a estas alturas: ¿En las escuelas se continúa enseñando alguna asignatura de esas que antiguamente solían denominarse “Aseo e Higiene”? Porque es por allí por donde deberá comenzar todo intento de revertir este pésimo rasgo cultural de nuestra población. Es en las escuelas donde debería comenzar una campaña nacional contra este grave mal. Los reiterados fracasos de las campañas contra la propagación del dengue constituyen una elocuente muestra de que las técnicas comunicacionales y publicitarias ensayadas hasta ahora no dan resultados. Hay que intentar otras vías, pero siempre comenzando en las escuelas.
Y hay que dejar de culpar a las municipalidades por todo el desorden y las porquerías arrojadas o acumuladas en todas partes. Ni cien intendentes eficientes y laboriosos podrían resolver el problema de una localidad habitada por vecinos incultos, desordenados e insensibles ante la inmundicia.
Asimismo, muchos intendentes, por su parte, no saben cómo resolver el problema de los desechos ni tampoco buscan asesoramiento. En otros países se desarrollaron muchísimos conocimientos y se acumuló gran experiencia en este tema, y generalmente esos Estados están bien dispuestos a compartirlos, incluso a cooperar con recursos y tecnología.
La Seam debería ser la institución que asuma esta tarea de urgencia nacional como prioritaria en su gestión. Puede conseguir financiación y tecnología para vertederos, reciclamiento y, sobre todo, para educación popular masiva. Luego se podría montar un sistema de asistencia a municipalidades y un régimen de vigilancia y punición contra infractores. No se trata de algo del otro mundo; es cuestión de buena voluntad, determinación y sentido de patriotismo.
Seremos un país pobre, con mayoría de gente pobre, pero la pobreza no tiene por qué ser sinónimo de suciedad.

Editorial del Diario abc Color del 25 de agosto de 2012