jueves, 22 de marzo de 2012

ESCUELA ACHÉ

POR OLGA BERTINAT

Fotografía: Javier Portillo
Los llaman Guayakí, aunque para ellos es una manera despectiva de nombrarlos, porque significa “ratón de monte”. “Nosotros somos Aché”, dicen ellos.
Mataban a los padres para vender a los hijos, cerca de San Juan Nepomuceno, y hacían de esto un mercado de gente. Los niños pasaban a ser criados, trabajando en casas de familias pudientes de Villarrica y de otras ciudades; niños considerados inferiores y sin ningún derecho, con el derecho deportado.
Los Aché de Puerto Barra, Narnajal, hicieron el primer contacto amistoso con la familia Fostervold en 1971, ya que a partir del año 1970 su hábitat se fue reduciendo por la colonización de las tierras que ellos habitaban, en consecuencia el bosque, base de su subsistencia, fue prácticamente destruido ya no tenían donde cazar o recolectar ; alertado por esta situación el misionero Rolf Fostervold intentó el acercamiento con ese grupo humano; hasta que el 20 de octubre del año 1976, luego de siete contactos y de varios años de expectativa, un grupo de veinte personas salió del bosque.
La comunidad cuenta con una escuela que se llama Yamó Chachugi. Yamó en aché significa “abuelo”, y todos los nombres tienen el sufijo “gi”, que significa “persona”, unido al de un animal, que era el que le apetecía más a la madre durante el embarazo. (Piragi, Chachugi, Kuategi).
Esta persona trabajó para que los niños de la comunidad tuvieran educación formal.
En esta lucha Aché, para la adaptación a su nueva realidad, varias personas aportaron y actuaron como un nexo entre el mundo Aché y la realidad paraguaya distinta a la de ellos.
En la oficina de la escuela, que es sede de la coordinación, hay un pizarrón lleno de fotografías pegadas, de distintas épocas, y con muchos niños sonrientes.
Estuvimos en la sala del pre-escolar, donde los más chiquitos estaban sentados en sus sillitas y nos cantaron una canción en Aché.
Cuando entrevistamos a los alumnos de los cursos superiores, nos dispusimos en una mesa grande, que estaba en el patio, y comenzamos con las preguntas pertinentes.
En cuanto a las clases, son impartidas en lengua Aché, así como en castellano, de acuerdo a los contenidos programáticos del Ministerio de Educación. Ellos no hablan en guaraní, y esta lengua no se enseña en la escuela. La gente cree que ellos hablan guaraní, pero no es así. Algunos conocen y hablan un poco, principalmente si provienen de otras comunidades, pero los de aquí no.
La mayor dificultad para el aprendizaje de los alumnos es el idioma, ya que es una barrera que se está rompiendo, gracias a la predisposición de los profesores que están aprendiendo la lengua aché y ellos el castellano.
Los jóvenes quieren prepararse y anhelan terminar la enseñanza media y luego poder asistir a la universidad. Las chicas quieren ser enfermeras, los muchachos tienen opiniones diferentes, quieren ser mecánicos, abogados o maestros, en fin, como cualquier joven, también la juventud Aché está llena de sueños, pero llamativamente no son sueños solitarios o egoístas, no piensan en ellos individualmente sino en la comunidad como en un todo indivisible donde ellos puedan ofrecer sus conocimientos y sus aprendizajes para el bien común.
Queda sólo desearles que logren cumplir sus metas y sus sueños. Que puedan asistir a las universidades donde no exista la discriminación y que reciban el respeto y la tolerancia que se merecen; que obtengan el conocimiento que necesitan para adaptarse a su nueva realidad y a los nuevos tiempos pero manteniendo siempre vivas sus costumbres, pasándolas de generación a generación, logrando adelantos pero no en detrimento de su propia cultura.